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lunes, 5 de abril de 2010

Uno de esos días locos.

Anoche me acosté con la intención de seguir leyendo la novela «El alma en llagas», de David... Lançelot. Iba por la página 468 cuando me metí en la cama, a las dos de la ¿mañana, noche? Pasó el tiempo. Al oír caer la lluvia, caí en la cuenta de que había dejado colgadas, para que se terminaran de secar, unas ropas. Me levanté de un salto y fui a recogerlas, pero ya era tarde: estaban empapadas y tuve que colgarlas en el patio cubierto. Volví a la cama y me fijé en el reloj: habían pasado cinco horas y había llegado a la página 558 del libro que estaba leyendo. Decidí que ya era hora de dormirme.

La intención estaba, mas las circunstancias no me dejaban: voces madrugadoras llegaban desde la vereda recordándome que era primer domingo de mes. Pensé que no era un buen día para la feria, ya que la lluvia continuaba. Aún así, los madrugadores permanecieron en sus puestos esperando el camión que les suministra las tablas para colocar su mercadería. Ya sin poder pegar ojo, decidí tomar algunas fotos de cómo transcurriría la jornada.

Casi al mediodía, salió el sol, y yo, después de dormir unas pocas horas. Ante ese panorama volví a colgar al sol, la prenda de ropa que se había mojado con la lluvia nocturna. Después de comer, me tiré a dormir una siesta, para salir luego, confiando en la continuidad de ese hermoso día de sol.

Truenos, relámpagos. Una estruendosa tormenta me despertó. Otra vez salí disparada de la cama para rescatar la prenda de ropa que volvía a empaparse. Ya eran las seis de la tarde. Nada de salir, ni pensarlo. Sobre las siete el cielo se limpiaba, para despedirse de uno de esos días locos.

La prenda de ropa vuelta a mojar por la lluvia de la tarde, sigue tendida en el patio cubierto...

Fotos y textos: ©Susana Sosa Villafañe

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